miércoles, 31 de diciembre de 2008

viernes, 12 de diciembre de 2008

Formol de Vino Rosado

Al poeta (ni tan) insospechado,

Mira que al momento de viajar, ya se ha llegado al destino desde la mismísima sala de espera: Sala H6, Vuelo 807, Ft. Lauderdale - Bogotá, 9:36 am. Vocecitas chillonas y acentos dulzones, con sonsonete de cello destemplado.

Los Hongkoneses en cambio, hablan como un er'hu enrazado con camarón, pero los Bogotanos hablan con las vocales para arriba, las As como nueves que se quedaron dormidos en mitad de oración.

Pegan y despegan la lengua sobre el paladar con chasqueos de melcocha, como si tuvieran una masa pegachenta entre los dientes y las muelas. Chasquidos de cangrejo y lengüetazos de camello. Ni ellos mismos sospechan lo extraño que hablan.

***
Los expatriados como yo, y tantos otros cerca de mí, no tienen un hogar. Tendrán varios, o no tendrán ninguno, pero nunca uno.

Yo vuelvo a Colombia y siento algo grande que no siento al volver a ningún otro lado.
Pero también me da una cosquilla y media pasar por la 595 y ver los letreros: University Dr., Pine Island Rd., la 136. Hasta la época más insípida de mi vida me produce nostalgia. Qué estúpido. Me dan nostalgia de parte de atrás de moto china pero sorprendentemente resistente. Lo mismo que me da al pestañearle a las luces de colores de la 34 con Archer apenas uno llega de la 75.

La diferencia es que tal vez en Géinsbil es donde he sido más feliz en mi vida. Y en el cosquillometro rankea igual que con el resto. Y eso qué, todos me dan nostalgia es sólo cuando los vuelvo a ver. Antes no.

...Pero me dan.

***

Paso por encima de una isla. Pienso en Puerto Rico. Boricuas comiendo arroz con aguacate. Sí, sí, eso es allá abajo por Guaynabo City. Conmigo no te pongas picky.
Pero no puede ser; esta isla está muy chichipata, mucho verde y apenas tres líneas blancas. Infraestructura, por Dios, gente.

Es alargada y tiene formas como siluetas de Ralph Steadman, de ilustración de libro de Hunter S. Thompson. Seres deformados, boquiabiertos, muertos del odio, del susto, del asco.

El borde norte es blanco, donde están las buenas playas, y ahora, la mala pesca. El agua es clara, poco profunda, y esmeraldesca. Se nota desde acá la espuma que rompe sobre la arena, las toneladas de cadáveres en las que nos encanta explayarnos a absorber un limitado trozo del espectro de luz.

La luz, la luz. Yo también pinto, con tinta, y escribo con luz.

Paso por encima de Popayán.
Sí, sí, es Popayán.
Ah, porque yo sé.
Reconocería a Popayán aunque jamás lo hubiera visto antes y ahora nos presenten a 35,000 pies de distancia.
Es que asómate -- pff, claramente es Popayán.

Crema de sepia densa, caramelo latte, con forma de hilo de humo, humillo que sale del corazón del Magdalena Medio.
¿Ves por allá donde corta la axila del ala del avión?
Eso es el Magdalena Medio.
Tiene pura cara de Magdalena Medio, así como alguien tiene cara de Ricardo sin quererlo, o de Pedraza sin entenderlo.
Eso, claramente, es el Magdalena Medio.

En 15 minutos estiro las piernas. Que se me están disecando ya, a punta de formol de vino rosado (y "espinacas estancadas en las gargantas"). Deshidratadas y adoloridas: Antonia, ese monstruo de 9 cambios y 3 velocidades, me tiene acabada.

Comienza el descenso. Pero me rehúso a subir la mesita retráctil (que si pudiera, me la robaría... aunque en realidad ya sea mía hace muchos vuelos.) Porque escribir es un acto de rebeldía en sí, es rebelarse en contra del olvido, del tiempo, de la muerte -- porque ya, escribí esto y ahí me quedo -- mejor dicho, ya me leíste, ahora tú, trata de desleerme. Ah, sí ves, no puedes. Entonces un acto de rebeldía nunca viene solo, y la mesita es eso, mi gesto simbólico. Así como lo fue mandar mensajitos por celular a los que se dejan y a los que se puede, hasta que se vaya la señal, hasta el último momento, así interfiera con las 47 señales que cruzan el aeropuerto, al avión, a nosotros mismos, ¿y si se nos cae el avión, porque la señal de la torre de control se embolató, se tropezó con un mensajito de texto? ¿Qué? Ese último era importante.

Qué mierderos, cuál descenso ni qué nada. Yo me siento bien arriba todavía. La única manera de que suba esta mesita, sería si caemos ya en picada vertical y se sube sola. Yo no pienso hacer nada por ella.

Paso por encima de montañas. Pienso en Medellín. Viejas buenas, flores, arte y bareta. Sí, sí, tu eterna primavera.

Me cansé. Esto de la mesita está muy ridículo. Me estoy dejando influenciar demasiado por los lectures de mi profesor de Historia del Periodismo, donde todos son genios radicales, todos son extraños y se les aceptaba todo. Qué carájos, pues no la voy a subir, así ni la esté usando para escribir. Sí. No voy a escribir. Por qué no quiere subir la mesa señorita, hágame el favor, nos encontramos próximos a aterrizar. No, no, por nada. Me gusta así.

Así se queda.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Laughter of the Eagles

Thick chunks of turquoise covered their bodies. A wail like wind was their song. It drifted across desert plains.

If we wait too long we all become laughter of the eagles.

Nobody wants to be reminded of the future,

or listen to the echo of eagles picking at yak flesh.

Fear intrudes.

lunes, 10 de noviembre de 2008

It Still Felt Good the Morning After

ON the morning after a black man won the White House, America’s tears of catharsis gave way to unadulterated joy.

Coincidences

I must confess I am a collector of coincidences.


Some addicts keep personal logs with newspaper cuttings to prove their point that coincidences 'have a meaning'.


Others regard collecting as a vice in which they indulge with guilty knowledge of sinning against the laws of rationality.

El Odio es santo. Es la indignación de los corazones fuertes y paternos.

Es el desdén militante de aquellos a quienes la medianía y la necesidad enojan. Odiar es amar, es tener el alma ardiente y generosa, es vivir holgadamente, despreciando las cosas estúpidas y vergonzosas.
-- Emile Zola

The Last Men

“A little poison now and then: that makes for pleasant dreams. And much poison at the end for a pleasant death.

They have their little pleasures for the day, and their little pleasures for the night, but they have a regard for health.

‘We have discovered happiness, ’ - say the Last Men, and they blink.”

A casual stroll through the lunatic asylum shows that faith does not prove anything --Nietzche

lunes, 27 de octubre de 2008

de "Memorias de Adriano": China

"Viajes: ruptura perpetua de los habitos, esa continua conmoción de todos los prejuicios...

"Yo era el amo de mi mismo, capaz de ver, reformar y crear al mismo tiempo...

"Esos millones de vidas pasadas, presentes y futuras, esos edificios recientes, nacidos de edificios antiguos y seguidos de edificios por nacer, parecían sucederse como olas en el tiempo; el azar hace que aquellas olas vengan a romper esta noche a mis pies."

----"melancolía semejante al estupor
dulzura cada vez más quebrada."

de Memorias de Adriano

"... Y sin embargo soñé ese sueño monstruoso que hubiera hecho estremecerse a nuestros antepasados, prudentemente confinados en su tierra del Lacio, y haberlo albergado en mí un instante me diferencia para siempre de ellos...

compartía alegremente las privaciones de la guerra.."


"...melancólico soñador, el amante dispuesto a todo por un instante de vertigo, al joven teniente altanero que se retira indefinidamente a su tienda, estudia sus mapas a la luz de la lámpara sin ocultar a sus amigos su desprecio por la forma en que van las cosas...

innoble adulador, que para no desagradar consentía en emborracharse...

al jovenzuelo que opinaba sobre cualquier cosa con ridícula seguridad, al conversador frívolo, capaz de perder a un buen amigo por una frase ingeniosa.."



¿Quién, cuál de todos?

¿Adriano, el emperador romano; Yourcenar, la escritora francesa; Cortázar, el traductor, el escritor argentino; él; o yo?

¿Dónde empieza, dónde terminamos cada uno?

domingo, 26 de octubre de 2008

martes, 16 de septiembre de 2008

It's the Sunshine State


Beijing me regaló el cielo de Florida.

Fue la palidez venenosa de un sol turbio Beijingnes el que me enseñó a amar este azúl. Porque en tres meses de verano, sólo durante dos días se destapó la contaminación, y por eso cultivé una leve obsesión con el sol y los cielos azules.

Ya no soporto no tener la piel a termino medio-tres-cuartos. Gracias a Beijing hoy no corro a la sombra apenas sale el sol. Ahora lo dejo que me recorra y se pose sobre mí, que pause sobre todo escondrijo que no este cubierto por ropa.

Ya no me tapo la cara, no maldigo el calor, la humedad, el bochorno. Fue Beijing el que me regaló el sol de la Florida. Un sol que nunca deja de brillar, arde y calienta y no perdona. Hoy busco el sol con la mirada por más de que me deje casi ciega e insolada. Hoy noto como no lo hacía antes las nubes vivas, volubles --líquidas y sólidas, que transmutan y no descansan y hacen parte eterna del paisaje.

Esa neblina china que cubre todo, esa que bloquea mi ventana y se saborea en la mañana, cuando los camiones de construcción terminan de abastecer al monstruo y dejan la ciudad otra vez, esa neblina me enseñó que no hay nada mejor que respirar y mirar arriba. Esa misma neblina que hay que morder para hacerla ceder me dice que sentir el azúl de este cielo es sentir un azúl de mar, porque lo es, porque toda el agua del Atlántico pasa por ahí de alguna u otra manera, en alguno u otro momento, porque lo ves y el mundo es amplio y las nubes siempre están y siempre cambian.

Beijing no sabe lo que es un cielo de verdad. Y qué importa; hay tanto ahí abajo en el suelo entre el mugre y los mortales que no es necesario mirar arriba. No hay oportunidad de distraerse. Nunca lo extrañé. Quién sabe si cuando vuelva lo haga.

Pero ahora a este cielo lo quiero. Todos los días, varias veces al día, la mirada se relaja y se deja divagar. Sube y no sabe que le espera. Se encuentra siempre con algo nuevo, no el mismo lienzo blanco-grisaceo delineado por siluetas de edificios multicolores. Veo eso y se lo deseo a Beijing algun día. Ahora me pregunto cómo hice para no tenerlo en mi vida, en cada uno de mis días, durante 8 meses.

Un cielo azúl violeta. Sobre el horizonte, descansan nubes en hileras rojas, pasan por encima de residuos de espumitas doradas. Burbujas voluptuosas, impecables, blancas y redondas. Más a la izquierda, más alto y más lejos, pliegues de sábanas semitransparentes. Siempre los trazos largos y delgados de aviones que hace mucho pasaron. Es demasiado. Lo retengo por un segundo, pero es en vano, cada día pasa y con la noche se me escapa, una y otra vez, y todos los días yo me arrepiento de haberlo dejado ir. Pero vuelve a amanecer, y donde estaba esa nube ayer hoy hay algo en su lugar que jamás había visto antes y que jamás volveré a ver.

Cada día, todos los días se va ese azul, ese magenta, ese naranja furioso. Pero cuando llega la noche --por Dios, cuando llega la noche.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Las Murallas



La muralla se extiende miles de kilometros a través de toda China, rodea a Beijing por el norte y desemboca en el mar en Qinhuangdao.

Cerca a Beijing hay tres sitios turísticos principales: Badaling, Mutianyu y Simatai, de izquierda a derecha por el norte de la capital.

Badaling es la más turística de las tres. Lleno de gente todo el año, lleno de vendedores todo el día, lleno de basura visual y cuanta porquería puedieron inventarse.

Tiene un zoologico de osos. Los osos comparten un espacio bastante limitado con más osos, con montonsitos de comida putrefacta y con su propio excremento.

Esta muralla hasta viene con montaña rusa incluida. Y ni siquiera es rápida. Pero sí vomitiva.

Posted by Picasa

viernes, 8 de agosto de 2008

August 8th Comes and Goes - What's Left?

August 8th, 2008 is a day this generation of Chinese people will never forget. Aside from being the most auspicious date thinkable in Chinese culture (the number 8 is considered good luck), for China, the commencement of the 2008 Beijing Summer Olympics are in fact the closure to a race against time.

China has been preparing tirelessly since it won the bid for host country back on July 2001. It has been anxious to show the world it is worthy of international recognition and admiration, not only economically, but more importantly, socially.

The increasing tension on its human rights record, Darfur, Tibet, Taiwan, all have politicized the Olympics whether they wanted it or not.

Still, China strives to showcase itself as a progressive, avant-garde nation, one who pushes the limits, is pleasing to the West, yet maintains its autonomy and culture untouched. Not an easy task. Everybody here in Beijing can tell you that. Just look at the arquitecture alone. The buildings themselves speak to that.

The Chinese government has carried through an extensive promotional campaign for the games, going far beyond mere advertising. The Olympics became a highly sensitive issue for the Chinese. It’s personal now. They have not only highlighted China’s debut on the world stage, but it has all the while served to instill national pride. The Chinese government has made sure it happens this way. How? Like good capitalists get things done – with money, with investment.

New facilities, infrastructure and transportation systems; there are now 7 new subway lines and 80 new stations in place, doubling the subway’s capacity in less than a year. New, bigger, more elegant and efficient buses and bus stations were built. The drivers and workers inside of these were also given English lessons with handy Olympic-friendly phrases. They were given “etiquette” lessons to, for example, tune down the volume on the ubiquitous spitting soundtrack, or to quote one example.

The transformation Beijing and China have undergone is unparalleled in history. How Beijing grows, how it changes its mind, errs, retraces itself, in matter of months, European cities did in the course of centuries. Beijing has a new face, everyday. Twenty years ago it was a bit more than a backward dusty town, repressed and uninspiring, not even a rough draft of what one day it would become.

Today it thrives and shines – though only on good days, when the pollution doesn’t swallow the futuristic panorama of mind-bending sky rises and cutting-edge technology stadiums.

In total, 37 venues will be used to host the events including 12 newly constructed. Among these is the famed Beijing National Stadium, nicknamed the Bird’s Nest, a colossal metal knot which will host the opening and closing ceremonies. Shining beside is the “Water Cube”, the National Aquatics Center, a rectangular collection of Teflon-like translucent plastic bubbles, inspired in nature’s most efficient way of filling 3-D space. These are but a few samples of what Beijing has turned in to for these long-awaited Olympics.

They have been the most expensive games to date. The government once expressed how it hoped for the “greatest Olympics ever.” They are still mobilizing massive amounts of time, energy and money into making it so.

But with the Tibetan uprisings back in May, the Olympic torch fiasco, and the recent attack from East Turkestan Muslim militias in Xinjiang, China’s westernmost region, they are now mostly waiting to have “an incident-free Olympics.”

Though a lot has not gone as expected, still, August 8th and on promises too much. We have waited for so long, so much of so many people is at work and at stake, it is sure these games will be everything but disappointing.

http://www.nytimes.com/2008/08/25/sports/olympics/25china.html?ex=1377403200&en=2599606bfa0f90ad&ei=5124&partner=permalink&exprod=permalink

jueves, 19 de junio de 2008

Al Borde del Desborde

De día de vez en cuando llovizna y por la noche siempre llueve. Hace viento y mi sombrilla se rompe, se dobla y yo me mojo.

Hong Kong es una selva subacuática urbana. Entre los edificios crecen parques, parches de selva subtropical al borde del desborde. Todo al borde del agua; una península que da unas islas tan humedas que no deja respirar, que solo queda nadar en vez de caminar.

De día llovizna, de noche llueve, pero la gente se transporta a pie por los puentes peatonales techados, se recorre todos los Nuevos Territorios sin tener que alzar la mirada al cielo nublado una sola vez.

Camino a raz de tierra, camino a raz de rascacielos, por el subsuelo. Qué abuelerías, eso de limitarse a ser terrestres. Aprendimos a vivir en medio del agua, que rompe, que flota, que cae. Que desgasta las fachadas, que erosiona el progreso descarado que formó a Hong Kong y lo desgasta hoy y lo reinventa cada día.

Hong Kong: el Capitalismo no es neutro. O es divino o es horrible. O se es rico o se es pobre. Y yo a Hong Kong ya no lo quiero.

miércoles, 18 de junio de 2008

Mareo de Proa

Hoy hizo sol. Tiene que ser una señal. Hoy va a ser un buen día. Lo presiento. Tiene que ser.

Me hospedo en un baño con una cama incrustada, por esa visa, por mi Chinese Dream. Regatié con Pakistaníes por un cuarto Calcutense con jabón usado y televisión Nepalense. Pero no, yo me quedo con mi celda impecable de baldosas blancas y brillantes, mi catre/comedor/escritorio/closet, gracias.

Shenzhen es como un Pereira Miamesco (dicese, con parentesco a Miami) y los Shenzheneros hablan como hopitas mexicanos, con un cantadito pueblerino que alarga sus vocales perezosamente. Me sonó tan extraño ese hablado en el aeropuerto que sinceramente pensé que el policía al que le pregunté cómo llegar a Hong Kong se burlaba de mí (¿Xiaang Gaang sheeenme diiifaaaanngg...?)

Nunca superé lo feo que me sonaba el Cantonés. Dos tonos más, combinaciones de vocales diferentes, me parecieron más gritones y extraños que los chinos a quienes sentía ya conocía muy bien, los del Norte, mi gente, los Beijingren.

Hasta físicamente los diferenciaba al mínimo detalle. Rasgos más simiescos, si me disculpan, narices más achatadas, más alargadas, más aplastadas. Labios más amplios y protuberantes, extremidades más languidas. Más extraños a mí, más lejanos, más incomprensibles aun, si fuera posible.

Me he achinado demasiado. Los siento cerca cuando estoy lejos.

martes, 17 de junio de 2008

Un Último Intento Desesperado

No puede ser. Si mi voluntad lo quiso, ¿mis piernas no quisieron también? ¿Para qué sabotearme el viaje? ¿Ahora qué? No me van a devolver nada, esa platica se perdió.

Él se siente algo mal, no mucho, y por celular se ofrece a pagarme el pasaje pero yo me rehúso. ¿Si al taxista se le hubiera pinchado una llanta, lo hubiera obligado a pagarme el pasaje? Claramente no. Estos son accidentes. Lo entiendo. La única responsable aquí es mi mala suerte. Toda la que tiene él no la tengo yo.

Compro otro tiquete el doble de caro, con mi presupuesto de viaje guillotinado a la mitad. Ya sin lágrimas, espero mi vuelo.

Viajo a Hong Kong, vía Shenzhen, la ciudad fronteriza con China, para ahorrarme más plata. Voy en busca de mi Chinese Dream. Es mi último intento desesperado. Llevo tanto tiempo tratando de sacar la visa para quedarme en Beijing un año más, ya no recuerdo cuánto. Tal vez desde mayo. Todo se complicó por los Olímpicos, y cuando mi visa de turismo expiraba saqué la de estudiante, y esa también expiró después, y luego la de negocios dejaron de darla, y la de trabajo es ridículamente enrevesada. Mi jefe del colegio donde enseño inglés trata de ayudarme, y la amiga de él, y los amigos del novio de mi hermana, y un exjefe de una revista también, pero nadie, nadie puede ayudarme. La única opción, la última oportunidad, es viajar a Hong Kong a sacar una visa de turismo por un mes. Sólo quiero un mes, sólo uno: una semana en Beijing vale por siete en cualquier parte del mundo.

Es ahora o nunca.

La Flota de Shenzhen

Llego al aeropuerto y trato de ver por dónde se coje el famoso bus a Hong Kong. Pregunto, pregunto, y por fin le doy al chino que es. Después de mucho conversar con él (¿Sheeenmee diiifaanngg...?) me monto al bus y resulta que además de ser muy útil es también el mismísimo chofer.

Arrancamos. Me entretengo como solo sé hacerlo, tomandole fotos a los puentes, y cuando presiento se acerca la hora de bajarse, me paro al lado de mi shifu para entrevistarlo acerca de mi porvenir. Trato de preguntarle dónde hay hoteles, ah no, en todas partes, uste fresca! Pero eso no me ayuda mucho. Esta es mi parada, segun él. Me bajo, y aquí, en medio de la nada puedo coger otro bus que me lleva a cualquier lugar de Hong Kong. Hmm, pero yo ni siquiera sé a dónde ir, no sé dónde voy a dormir. No importa, esta es su parada. Adiós.

Adiós mi única ayuda, adiós mi todo.

Llueve placidamente, como un preludio. La angustia empieza a asentarse. Un idioma extraño, otra vez, letreros indescifrables, otra vez. ¿Qué bus, Juliana, cuál? Llueve más, y ya son las cinco de la tarde. Después de media hora me decido a coger el bus de mi destino, aunque no sepa cuál es.

Hong Kong Market

lunes, 16 de junio de 2008

Porque Los Buenos (No) Siempre Ganan

Comienza a ponerse interesante incluso antes de que todo empieze. Él me llevaba al aeropuerto en su moto, lo cual era perfecto porque nos ahorrabamos todo el tráfico de la mañana. Ibamos con tiempo perfecto; él alcanzaba a llegar a tiempo al trabajo, al mismo tiempo que mi vuelo, a las 9 a.m. Eran las 8 a.m.

Velocidad perfecta, entre carro y carro, entre cambio y cambio de carril, en moto todos los semáforos están en verde (en China), aire fresco, brisa matutina -- cuando se va orillando. A un kilómetro del peaje antes del aeropuerto, tal vez 3 kms del terminal -- ¿y este man me va a hacer caminar? Se chifló ahora sí, y en plena autopista. Yo echo pata, soy guerrera, pero tampoco.

Voltea un poco la cabeza, con dificultad por el casco. "Me quedé sin gasolina,"

"¿Nada? ¿Ni un poquito?"

"Nada,"

"¿Y tu trabajo? ¿Entonces? ¿Qué hacemos?"

"No, mi trabajo vale guevo, el problema ahora es como llegas tú a tu vuelo."


¿Echar dedo en la carretera? Nadie para. ¿Coger un taxi en el punto donde estamos, donde todos ya van llenos? Menos.

A caminar. Y rápido. Una con mochila de supervivencia hasta el tope y el otro de saco y corbata. Y la moto parqueadita en un lado, temblando con cada carro que pasa a toda velocidad, esperándolo o a él con gasolina, o a la policía con un parte, el que llegue primero. 8:30 a.m.

Caminamos, caminamos, pero hay que desviarse, cortar camino. Si seguimos por la autopista a pie no llegamos nunca. Hacemos una oreja, pasamos un trancón, a la gente en sus carros que nos mira con curiosidad, como seguramente yo miraría a un par de imbeciles que decidieron irse a pie hasta el mismísimo aeropuerto. Pasamos debajo de un puente, luego una intersección, marchando con un afán que no tiene nombre, pasamos un peaje, y llegamos a otra intersección, pero ésta más de suburbio polvoriento, pueblerino y embarrado.

Él se para a conseguir taxi a un lado de la calle mientras yo cruzo al otro lado, donde unos tipos de overol y pantalón camuflado lavaban una van gris y conversaban.

"Necesito ir al aeropuerto ya, ¿quien va conmigo en ese carro?" y señalo la van que se va a quedar sin su baño. Ya van a empezar a morir de la risa cuando oigo atrás que hay un taxi, que rápido, que me tiro al otro lado de la calle, pero el taxista se arrepiente, uy no, al aeropuerto a esta hora, ni a bala, se va --pero pasa otro, que si me lleva, por favor, el vuelo es a las 9 (son las 8:35), no se puede, es imposible, es imposible -- ¿me monto? móntate, móntate -- es imposible -- me monté.

Arranque, es a las 9, acelere, rápido, toca llegar ya, el vuelo se va ya. Voltea la curva salpicando barro, carretera destapada, llovió ayer y hoy también va a llover. Voltea otra vez, ¿y qué es? un trancón, por supuesto. Traffic, jam, when you're already late. A no-smoking sign. 8:40 a.m.

Mierda.

El shifu no tiene ni idea dónde queda el Terminal 2, le pregunta a 7 personas en un tiempo record de 2 minutos, pero a su mini-afro rectangular, muy chuto y muy tieso, jamás se le mueve un pelo de su puesto.

Le damos dos vueltas enteras, dos vueltas al area de los terminales, hasta que por fin, terminamos por obra y gracia de su milagroso e hirsuto afro, en el Terminal 2. Exactamente uno de esos momentos que uno está viendo los Olímpicos, y el tío dice, "ah, no, pues, con un afán ni el hp yo también podría correr así"? Pues ese fue mi momento.

Corrí como nunca. Corrí como quizás jamás volveré a correr. Para esto se estaban preparando mis piernas desde el principio de los tiempos, este es su momento, el cansancio no existe, las distancias son nada, si mi voluntad puede mis piernas también, subí escaleras eléctricas de a 2, de a 3, salté de a 4, de a 5, esquivé sillas, maletas y pasajeros despavoridos. Corrí, corrí -- y llegué. A las 8:54.

A veces los buenos también pierden. Y yo, perdí mi vuelo.

El Chunking Dream

Pero dentro del bus algo anda mal. El bus anda y anda, sube montañas de selva tropical, por una carretera muy gringa a toda velocidad. Yo quisiera que parara, pero es imposible, esto ya no tiene reversa. Siento que me alejo irremediablemente de mi destino, que el daño es irreparable. Una Hongkonesa en su propio cuento alcanza a dar una mínima señal de extrañeza al verme llorar en mute desconsoladamente. Estás jodida, definitivamente.

Por fin para. Medio reconozco el paisaje. En contra de mis predicciones y peores miedos, sí llegamos al corazón de Hong Kong.

Una estación de metro: alivio. Esto debería ser fácil, esto es como llegar a la oficina. Un aparato como un cajero me dará mi tiquete, le meteré una moneda y me adivinará mi destino, él me dirá a dónde ir ahora, porque yo no tengo ni idea. Causeway Bay, es lo único que reconozco (él me había dicho antes de salir de Beijing, "hostales en Causeway Bay. 100 yuanes.")

Tal vez como llegué por Shenzhen en flota, en un bus como enrazado con trolley de Disney y bus de dos pisos de Londres, nunca caí en cuenta que estaba cambiando de país. Jamás se me ocurrió aquello del cambio a Hong Kong Dollars hasta que fue muy tarde.

Bueno, tres vueltas y 1 hora más cerca a que se oscurezca, y ya estoy lista para montarme a Causeway Bay y encontrar en la puerta de la estación el descanso que tanto me merezco.

No es tan fácil, por supuesto. Más bien llego, y camino por la lluvia, por puentes, por tiendas, hasta encontrar un Café Internet gratis. Aquí "googleo" hostales baratos en Hong Kong y me dice que en Tsim Sha Tsui, al otro lado de la bahía. Para llegar hay que cojer metro, o ferry. Eso hago, camino, camino, busco Chunking Mansions, el más barato que encontré... ese Mansions me da un poco de esperanza.

Encuentro una hermosa fachada, de los años 60 tal vez, con los ventiladores y aires acondicionados por fuera, un edificio como un cuerpo desangrandose con la piel al reves. Pero el primer piso en cambio son tiendas fosforescentes que brillan noche y día. No he tocado el primer escalón de la entrada y 27 pakistaníes, indios, nigerianos, me atacan al tiempo. "I give yoo rrroom missy," pero yo me voy con mi chinese, ella sabe cómo es la vuelta. "100 HKD, no pago un yuan más."

Pues 100 HKD equivalen a una colchoneta en una ducha, aparentemente. Daba calor entonces prendia el ventilador, pero eso era como prender un ventilador dentro de un closet, se armaba una señora corriente que alcanzaba a despeinarme y volarme las tareas, entonces lo apagaba y me asfixiaba, entonces lo prendía, y así una y otra vez.

Y a dormirse ya, pero no antes de bañarse con unas ganas que no he sentido nunca. Hong Kong es sucio, o Tsim Sha Tsui lo es, por lo menos. Los aires acondicionados moquean, todo gotea aun cuando no llueve, y las ventanas como mujeres demacradas con la pestañina regada. Esto no inspira nada. Inspira madrugar para salir de esta madriguera, madrugar a comenzar a tramitar mi Chinese Dream. Mañana es el día.

martes, 6 de mayo de 2008

Sonata de Metro -- Línea 13

Estoy borracha y por eso no puedo leer. Aunque quisiera.

Pero tampoco puedo dejar de pensar.

El metro de la Línea 13 de Beijing se mueve demasiado, atraviesa bosques, comunas, rodea por el norte a la urbe gigante, ajena en su periferia, intocable para mí en sus extremos.

Soy sensible a Beijing por alguna extrañísima razón, pero este metro se mueve mucho y muy lento y el chino de al lado habla demasiado duro y rápido como para chismosearle su conversación. Los siento pero no los entiendo.

Casa largas y duras de ladrillo rojo y ceniciento se alargan a 200 kilómetros por hora. Ni Beethoven en un iPod logra ahogar los gritos del chino. Una sonata de este man no puede contra esos insultos en Beijinghua.


Tal vez la electrónica; solo una música tan pesada como llevadera podría --no contra los gritos del chino, sino contra los míos en mi cabeza, contra mi borrachera y mi incapacidad para controlar mis pensamientos. Tal vez así se canalicen.

lunes, 28 de abril de 2008

Los Fantásmas del Metro de Beijing

Conozco el metro de Beijing demasiado bien.

Tanto tiempo pasé en sus bancas, tanto tiempo agarré esas barras de apoyo hasta sacarme ampollas, que sus fantasmas se han ido y me persiguen hoy a mí.

Me persigue ahora por las noches el fantásma de un Beijingnes que se afeitaba con cuchilla eléctrica con una mano y en la otra sostenía su equipaje. Quién sabe de dónde venía, o a dónde iba, quién sabe si llegó.

Me persigue la mujer que llevaba una bolsa de quién sabe qué inmunda invención del 7/11 de Wudaokou y me salpicaba salsa soya, el quinceañero con peinado de rey leon y camisa a rayas que en una esquina se cortaba las uñas.

La que hablaba durísimo, el que se recostaba demasiado. Los que no paraban de reirse y los que no paraban de mirarme. Ahí todos se reunían para que yo los observara. Una exhibición de toda condición humana en el rango de los dos yuanes.

Yo también hice de todo en él. Leí a Yourcenar y a Gamboa, hice tarea de chino muy de afán, comí quién sabe que inmunda invención de fanguan de Wudaokou. Dormí, sentada, parada, acunclillada contra la caja del extinguidor siempre en una esquina.

También canté -- y duro, y canté Shakira y me importo cerca a nada que los chinos me miraran porque ellos siempre hacen lo mismo. Me pasé mil paradas, por extranjera, o por despistada, o por una desafortunada combinación de las dos. Me reí. Me di besos. Escuché noticias, hice amigos, practiqué chino. Lloré. Y escribo esto.

El metro de Beijing ha visto qué tan china me puedo volver. Él sigue igual, me ve con los mismos ojos. Sus ventanas empolvadas me ven igual a mí que a los millones de campesinos que entran y salen de Beijing, que son también meseros, masajistas, empleadas.

En esta misma banca un fuwuyuan soñaba con no tener que llegar a atender mesas y recoger las porquerías de los lujos de otros. Aquí una ayi se acordaba con alegría de ese extranjero que le pagaba 15 en vez de 10 yuanes la hora. Las bancas son las mismas, y nosotros todos hacemos lo mismo encima de ellas. Soñamos.

El metro de Beijing nos ve a todos por igual. Pero yo a él lo veo diferente. Antes una mujer desconocida nos decía aproximadamente cada 2-3 minutos que mejor nos zhun bei hao porque ya casi llegamos a la próxima zhan, que es Wudaokou y yo no entendía un carájo. Hoy escucho con intención y sus chillidos me enseñan la ruta.

Esa voz robótica y distante la entiendo, pero no la siento. Ese es el cambio. Porque es regla que me hablan y hablan, y yo no entiendo nada, pero de alguna manera los siento.

Pero gracias a ella ya no me pierdo.


Excepto, si son las 11 p.m. y me monté en la línea que era pero hacia el lado equivocado. Y a las 11:23 p.m. paran el metro. Sin importar dónde. Y estoy en la parada más lejos posible del centro, (la Huoying de la Línea 13) hacia donde me dirigía. Como querer ir a La Candelaria y aparecer en Suba.

Y me bajo, porque qué tan terrible puede ser, solo un par de paradas, todo está bien, cojeré taxi. Pues tan terrible como el tierrero, los almorzaderos chinos y esas luces encandelillantes contra la negrura de noche de campo con que me encontré.

¿Y ahora?

Señor, ¿cuánto hasta el parque Chaoyang? 100 yuanes. Considerando que montarse al metro cuesta dos yuanes, estoy un poco fuera de presupuesto.

Contengo las lágrimas, bajo por la lista de télefonos de mi celular, no sé por qué, ¿pedir ayuda a quién? y el taxista me insiste, 100 yuanes mona, que hasta allá nadie la lleva. Y todos se ríen, porque este márica se acaba de hacer el agosto con esta pendeja.

Muy patética le pido cacao a este señor que vive con sus 7 hijos en una choza de concreto no más grande que mi closet: 80, ay, 80 se puede, hágale, todo bien. Y se compadece, me abre la puerta con alegre resignación y un "Bashi, ke yi." Sí, se puede.

Me monto atrás, qué raye, qué estupida, qué porquería este país, me la hiciste otra vez China, me largo ya. El carrito arranca por carretera destapada levantando polvo, levantando a todo el mundo a su paso, con estruendo de locomotora de los años 20.

El shifu me dice algo, señala al piso, no entiendo. Lo repite, más enfático. Que no hablo chino, ya le dije, no me joda que ahora quiero es llorar. Para el carro. En mitad de una carretera destapada en medio de un sitio en construcción. Perfecto, me van a violar, en el tierrero y en chino.

domingo, 30 de marzo de 2008

viernes, 29 de febrero de 2008

Un Dragón en Citibank

Y Comienza el Viaje de Vuelta a China

Estoy viendo el mar Pacífico por mi ventana. Eso, por ejemplo, no lo podía hacer ayer. Ahora puedo ver puentes delgaditos a la distancia, justo debajo de nubes como popcorn chicken de KFC que delinean el horizonte.

Cómo amo los puentes -- como por qué, no sé. Tienen algo con mi cámara, como que tienen buena química. Pero la cagué, la metí en la maleta por boba, por hacerle caso a mi mamá, porque eso estorba.

Qué gueva yo no entender que los otros tal vez nunca entiendan. No saben que un momento nunca se repite. Nunca. Nunca más veré esas líneas estirarse en diagonal, atravesando una foto que nunca tomé, dividiéndola, dos espacios individuales como cuadros dentro de cuadros. No entienden que tomar una foto es entender que esto que tengo al frente no se repite: en un segundo el sujeto se mueve, cambia, envejece, habrá una luz diferente, y el fotógrafo también cambia, también envejece, y esa foto se va del todo, y así, todas las fotos son fotos de la muerte.

Baja un avión justo en frente de nosotros. Esperamos muy quietos a que pase para arrancar. Pareciéramos movernos, pero no, es la vibración del motor, de las turbinas. Afuera, todo brilla bajo el sol metálico de California. Pasa un Jumbo 747 detrás de nosotros. Estamos rodeados.

Ahora un mimo nos da instrucciones de cómo usar una máscara de oxígeno. En realidad es un chinese que se disfraza sin saberlo. El mimo nos dice como actuar en caso de emergencia y a mí eso solo me produce miedo. Qué va, me produce es risa. Ese mimo disfrazado de aeromozo no puede aspirar a inspirar sino eso. Como Chukie, o como nave espacial de película barata que descontrolada vibra sin moverse.

Y ahora sí, aceleramos. Amo este momento. Nunca sentirás velocidad como esta. Lo alargo lo más que puedo, estiro este instante más, un poco más… y se eleva. Y yo, a estas alturas de la historia, después de un segundo o un siglo de vuelo, estoy en el aire y no me la creo.

Horas después, en mi ventana: blanco sobre blanco. Montañas en el fondo, no muy afiladas pero lo suficientemente altas porque todo lo que se ve es blanco sobre blanco. Acá no se sabe si el hielo se adentra en la tierra o es al revés, porque están a la par. Parece que se hubiera regado helado de cookies n cream por todo lado y se estuviera derritiendo con el calor del sol de un día que no tiene horas. Como es vuelo transpolar para mí ni amanece ni oscurece. Como para alborotarnos un poco más el jetlag que nos espera.

Directamente abajo ya no hay montañas, sino ríos blancos, bajo nubes de espuma casi líquida que pareciera muy quieta y pacífica. Pero esa no es la realidad, porque debajo de esa niebla densa, allá, ese blanco sobre blanco no perdona. Ese blanco es blanco muerte, allá abajo solo vive la fuerza del viento contra la nieve.

En cambio yo aquí, lo tengo todo. Tengo mi cobijita robable y mi mesita retráctil, y en mi ventana todos los estados del agua: en la humedad del aire que la raspa a toda velocidad, en las pequeñas gotas que se adhieren al vidrio y en los cristales de hielo que se forman a medida que subimos, sin que lo notemos en nuestra quietud y tibieza aquí adentro.

Me empaqué a Siberia en mi mochila, la que me acompaña a todas partes y que tengo desde que te conozco. Ahora los cristales en mi ventana brillan por un segundo, un píxel de mil colores que se derrite con el sol que ahora golpea al avión de lado. You’re probably wondering -if the flight is ever going to end -and the good news is -we’ll be landing in Beijing in about 10 to 15 minutes -1:35 p.m., local time -clear skies and a temperature of -1 C...

Y todavía no me la creo. No me la creo que ese azafato no se dé cuenta que fue la burla de la tripulación, que yo haya estado flotando en el aire por 13 horas, que haya hecho que esto de China pasara. No puedo ignorar lo inverosímil.

Pero ya llegué, aquí estoy, ya han pasado varias semanas y el itinerario fue el siguiente: Beijing - Hong Kong - Shenzhen - Guilin - Yangshuo - Shanghai - Beijing.

El equipo consistía de 4 integrantes: Valentina "Valeriana" Jimenez, (también conocida como “Mamá”) o sea mi hermana, con 30 años más que yo, disfrazados en 3 y medio; Carolina "Meiguanche", su mejor amiga y nuestro cartero; Andrés "Meiyou", el novio de la amiga de la hermana; y aquí, Hui Di, tu corresponsal, hasta ahora reportándose pero siempre presente.

Acerca de mí

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Gainesville, FL, United States
Juliana Jiménez was born in Santa Fe de Bogotá, Colombia. She lived there for 13 years before moving to the U.S., on the 10 am flight on June 20th, 2000. Now she is a Journalism (and Frustrated English) Major and Chinese Minor; a Junior, and anxious about it. She speaks Spanish 89% of her time, English 9% and Chinese 2%. Spanish at home, on the phone, in between classes, in writing, in love. English for Academia and renewing car insurance. Chinese only for text-messages with her Colombian-American-Chinese-Swiss older sister and with her Colombian-American-French-Chinese boyfriend. She lived in Beijing, China for a total of 11 months before she was back-stabbed by the Chinese government.

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